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No conozco ningún lugar que no quiera ser turístico (en mayor o menor medida) todos queremos salir guapos en la foto, que hablen de nosotros y que lo reconozcan fuera de nuestras “fronteras”, porque lo nuestro siempre es lo mejor. Esto lo podemos extrapolar a cualquier negocio o lugar del planeta, ya que si bien esto no tiene porque ser cierto, todos tenemos algo bueno que mostrar, ya que en la diversidad (desde mi opinión) está la auténtica esencia del viaje.

Sobre el papel todo es muy correcto, nos deseamos los mejor, todos convivimos como buenos hermanos y cada 5 de enero por la noche deberíamos recibir muchos regalos, y no carbón.

Una vez dejamos atrás “el mundo de las ideas” bajamos a la tierra y vemos el panorama. Y podemos encontrar 3 curiosos casos:

  • Los que sienten los colores: Lugares en los que todo el mundo se pone la camiseta y la sudan día a día. Lo ideal es que desde el Policía local, el párroco y los vendedores de cupones  sepan que hay un proyecto sólido detrás. La sensación que ofrece al turista es de cohesión y de organización. Cuando todo esto funciona empiezan a ocurrir cosas como aumentar el número de días en el destino, aumenta el nivel de gasto del turismo…, y todo esto sigue con un efecto bola de nieve.
  • Los que se la pela el destino: Aunque pueda parecer raro este fenómeno es bastante habitual y por diferentes factores (políticos, estructurales, coordinación, logísticos…) no hay interés/entendimiento y cada uno se hace la guerra por su lado. En el sector hotelero que es el que más me interesa, puede pasar que no se realice porque el propio alojamiento no esté interesado en estár en relación directa con el destino, ya que tienen una estrategia de marca diferente,  o bien no hay un proyecto claro y el alojamiento tenga que buscarse el pan por sus propios medios.
  • Los destinos de mierda. Son esos destinos que se les llena la boca con la palabra turismo pero que luego a la hora de la verdad solo buscan salir en la foto y no mojarse demasiado. Suelen ser destinos sin planificación y que van a golpe de subvención o por impulsos de la administración. De estos hay a montones y si tienes la “suerte” de haber caído en un lugar con estas características, te tocará remar el doble y “echarte al monte”, pero… “que te quiten lo bailao”.

¿Cual es mi opinión?

Hago una pequeña llamada al sentido común y la opinión va en relación al ideal:

Un destino fuerte, con una gestión compartida entre público y privado, con una idea común que haga efecto paraguas a todos aquellos que quieran formar parte parte del proyecto y teniendo muy en cuenta a  la población local.

La idea está clara, nos guste más o menos nuestra situación geográfica nos hace formar parte de un lugar, por lo que en mayor o menor medida deberíamos aprovecharlo para exprimir las potencialidades de nuestro negocio. Puede ser que para puntuales productos o servicios podamos ser independientes, pero a la larga debemos encontrar nuestro lugar y explotarlo al máximo, ya que somos parte de un todo que se llama destino.